PLAYBOOK PRO: Prestaciones que también construyen marca
Hoy existe una oportunidad poco explorada: atraer talento y optimizar cargas fiscales. Sin embargo, pocas organizaciones han entendido que esas prestaciones también pueden ser plataformas de posicionamiento interno si se activan con mentalidad de marketing.
¿Has escuchado la frase “piensa fuera de la caja”? Puede sonar a cliché, incluso a consejo desgastado de presentación corporativa. Pero cuando realmente se aplica (cuando una empresa logra conectar una herramienta cotidiana con una estrategia de valor) deja de ser una frase trillada y se convierte en una ventaja competitiva. El reto es que no siempre es evidente cómo hacerlo, especialmente cuando hablamos de beneficios empresariales que nacieron para temas fiscales o de recursos humanos, no para marketing.
Hoy existe una oportunidad poco explorada: atraer talento y optimizar cargas fiscales. Seguro médico, vales, programas de bienestar. Sin embargo, pocas organizaciones han entendido que esas prestaciones también pueden ser plataformas de posicionamiento interno si se activan con mentalidad de marketing.
Programas de bienestar tales como TotalPass o Fitpass son un ejemplo perfecto. Sobre el papel, ofrecen acceso a múltiples gimnasios y actividades con flexibilidad. En la práctica, pueden convertirse en algo mucho más poderoso: un símbolo de cultura organizacional moderna, flexible y centrada en las personas.
El error más común es tratarlos como un beneficio administrativo. Se anuncian una vez, se envía un instructivo y se asume que el colaborador lo aprovechará por sí solo. Pero el comportamiento humano no funciona así. Lo que no se comunica constantemente pierde relevancia. Lo que no genera emoción, no genera hábito.
Desde la perspectiva de Playbook Pro, la clave está en “endulzar” la prestación antes de medir si funciona o no. Es decir, diseñar una estrategia de lanzamiento interno como si se tratara de un producto nuevo. Crear expectativa, explicar beneficios reales, mostrar casos de uso y, sobre todo, conectar el programa con aspiraciones personales: energía, equilibrio, bienestar, rendimiento.
Cuando se ejecuta de esta manera, ocurre algo interesante. El beneficio deja de percibirse como algo utilitario y se transforma en una experiencia aspiracional. Ya no es “tengo acceso a gimnasios”; es “trabajo en una empresa que invierte en mi estilo de vida”. Esa diferencia es la que construye engagement.
También hay un componente estratégico adicional: la flexibilidad. A diferencia de una membresía tradicional, estos programas permiten elegir según ubicación, horarios y preferencias. Para colaboradores con agendas cambiantes o vida híbrida, esa libertad tiene un valor enorme. No obliga a adaptarse al beneficio; el beneficio se adapta a la persona. Y esa sensación de control aumenta la probabilidad de uso.
Por supuesto, no todos lo aprovechan al cien por ciento. El principal obstáculo suele ser el tiempo, no la calidad del programa. Esto revela algo importante para las empresas: el éxito no depende solo de ofrecer opciones, sino de ayudar a integrarlas en la rutina. Recordatorios, recomendaciones personalizadas, retos colectivos o incluso storytelling interno pueden marcar la diferencia entre un beneficio subutilizado y uno que realmente impacta.
Ahí es donde la estrategia se vuelve medible. Primero se activa emocionalmente el programa, después se observa el comportamiento. Si la adopción crece, se convierte en un activo cultural. Si no, se ajusta la comunicación, no necesariamente el beneficio. Porque muchas veces el problema no es la herramienta, sino cómo se presentó.
Además, estos programas pueden trascender el ámbito interno. Ahora, el talento valora cada vez más el bienestar y la flexibilidad, se convierten en argumentos de marca empleadora. Funcionan como prueba tangible de que la empresa entiende las nuevas prioridades laborales. Lo que empezó como una prestación deducible puede terminar siendo un diferenciador competitivo.
Pensar fuera de la caja, entonces, no significa inventar algo nuevo, sino reconfigurar lo existente con intención estratégica. Las prestaciones empresariales ya no tienen que vivir en el área de recursos humanos; pueden convertirse en plataformas de marketing interno, cultura y atracción de talento.
Porque al final, las empresas más inteligentes no solo ofrecen beneficios. Diseñan experiencias alrededor de ellos para que la gente quiera usarlos, recomendarlos y quedarse.